No se le puede pedir permiso al miedo para vivir
El miedo forma parte de la vida. Todos lo sentimos en algún momento. Miedo a equivocarnos, miedo a perder, miedo a que algo salga mal, miedo a lo que pueda pasar mañana. Pero hay algo que debemos entender: no se le puede pedir permiso al miedo para vivir.
Si esperáramos a que el miedo desapareciera para tomar decisiones, probablemente nunca haríamos nada. Nunca empezaríamos ese proyecto, nunca diríamos lo que sentimos, nunca intentaríamos cambiar las cosas.
El miedo siempre va a estar ahí. A veces pequeño, a veces enorme. A veces silencioso y otras veces gritándonos en la cabeza que no lo intentemos. Pero el problema no es sentir miedo. El problema es dejar que el miedo decida por nosotros.
Vivir no significa no tener miedo. Vivir significa avanzar a pesar del miedo.
Las personas que parecen más valientes no son las que no sienten miedo. Son las que, aun sintiéndolo, deciden seguir adelante. Las que entienden que la vida no espera, que el tiempo pasa y que quedarse parado por miedo solo hace que perdamos oportunidades.
Hay momentos en los que el miedo nos protege, y eso es necesario. Pero también hay momentos en los que el miedo se convierte en una jaula invisible que nos impide avanzar.
Y la vida no está hecha para vivirse dentro de una jaula.
Por eso hay días en los que toca tomar una decisión: escuchar al miedo… o escuchar a las ganas de vivir.
Porque si esperamos a que el miedo nos dé permiso,
puede que la vida ya haya pasado.
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