A veces hay que dejar la luz encendida
Hay días en los que todo pesa demasiado. Días en los que parece que el mundo se apaga un poco más de lo normal. El cansancio, el dolor, las dudas, los problemas… todo se acumula y uno siente que la oscuridad gana terreno. En esos momentos, aunque parezca una tontería, a veces hay que dejar la luz encendida.
No hablo solo de una bombilla. Hablo de esa pequeña esperanza que nos impide rendirnos del todo. Esa luz que nos recuerda que, incluso cuando todo parece complicado, todavía queda algo por lo que seguir adelante.
Dejar la luz encendida es no cerrar del todo la puerta a mañana. Es decirse a uno mismo: hoy ha sido duro, pero quizá mañana sea distinto. Es permitirse descansar sin renunciar a volver a intentarlo.
A veces la vida no nos da tregua. Hay momentos en los que parece que cuando solucionas un problema aparece otro. Cuando intentas avanzar, algo vuelve a frenarte. Y entonces llega el agotamiento, ese cansancio que no es solo físico, sino también emocional.
Pero incluso en esos días oscuros, dejar la luz encendida es un acto de resistencia. Significa no apagar del todo la ilusión, aunque esté débil. Significa no rendirse, aunque todo invite a hacerlo.
Porque las noches largas también terminan.
Porque incluso la luz más pequeña puede romper la oscuridad.
Y porque, a veces, lo único que necesitamos para seguir es no apagarla del todo.
Así que si hoy es uno de esos días…
deja la luz encendida.
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